No entendí a qué se refería con tejer. Quería que cosiéramos nuestra relación. Y su alma, ya dicho de paso. Si hubiera querido, la tristeza estaría encogida y la culpabilidad lejos. Muy lejos. Retumba en mi cabeza aquella llamada de socorro.

–Podríamos pasar más tiempo juntos. ¿Y si te enseño a tejer? –preguntó.

–No es lo mío. Ya lo sabes.

Debería de haber observado que la curva de su boca se había dado la vuelta. Y que ese día había subido al tejado. Escuché su cuerpo contra el suelo y algunas sirenas. Habría cogido alguna vez un hilván si hubiera sabido coserla, puntada a puntada.

Y ahora me preparo para deshilacharme, desde el mismo tejado.