Cuando llegué estaban poniendo la mesa para cenar. Como cada miércoles, nos tocaba comer carne.

-¡Qué suerte! ¡Llegas a mesa puesta! -exclamó mi padre.

-¿Y qué más da eso?… si no me dejáis ser vegano. Para mí cada cena de miércoles sigue siendo una tortura.

Mis padres consideraban que aquello era una tontería. Un capricho.

Casi lloro de la emoción cuando me sirvieron la sopa, pero luego me di cuenta de que era de la carne que menos me gustaba.

-Mamá, hay unas gafas en mi sopa -dije, con un deje aburrido.

-Ay, perdona, el señorito vegano -respondió sacándolas con la mano-, que hay que pelarle los humanos como cuando era pequeño.


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