Hay cosas que no vuelven (aunque estés confinado)

Cuando era pequeño no soportaba perder cosas. Recuerdo un verano en el que todos mis amigos se habían ido de vacaciones. No había televisión en casa y ya me había leído todos los libros de la biblioteca. Al ser hijo único, estaba muy aburrido. Hasta que me percaté de algo. Y salí por la puerta y corrí hacia el bosque. Se me estaba escapando. Así que corrí aún más veloz. Un brazo me cogió y me hizo virar sobre mí mismo, frenándome.

—¿Pero se puede saber qué haces? —preguntó mi padre, muy enfadado e intentando recuperar la respiración.

—¡Ya está! Lo he perdido —respondí, enfurruñado.

—¿Qué has perdido?

—El ahora, papá —contesté, como si fuera lo más obvio del mundo.

—Eso siempre se escapa, hijo —contestó él—, si te dedicas a perseguirlo.