Aquella tarde de julio que lo cambió todo sudé la gota gorda para llegar. Tardaba en recorrer ese camino unos treinta minutos. Treinta minutos que, bajo el sol de levante en el verano más caluroso que se recuerda en las últimas décadas, podían ser eternos. Fue una suerte que mi afición por los libros me llevara a pasar incontables horas en la biblioteca, perdiéndome entre mundos de fantasía, dragones y elfos. En las profundidades de Shakespeare, Cervantes y Umberto Eco o en los entretenidos mundos de John Grisham y Dan Brown, entre muchos otros. También me gustaba, aunque no lo reconocí hasta muchos años después, meterme en las páginas rosas de autoras como Sarah MacLean o Nora Roberts.
Pero por encima de todo, al menos hasta aquella calurosa tarde, lo que más me gustaba de estar en la biblioteca era el aire acondicionado. En mi casa no teníamos, por lo que ese verano quedarme en mi cuarto leyendo suponía adelgazar una media de cinco kilos a diario, solo en sudor. Teniendo en cuenta que mi masa corporal se componía (literalmente) de huesos y algo de carne, no me parecía una opción muy halagüeña. Salir por ahí con amigos para ir a la playa tampoco me parecía del todo una idea atractiva, debido a que, básicamente, mis amigos estaban en los libros (o mi imaginación).
Tal era mi obsesión con la literatura que llegué al punto de no tener ideas originales que exponer al mundo. Es más, me atrevería a decir que ni siquiera a nivel conversación de ascensor. Incluso hubo una época en la que creí que me podría alimentar solo de lectura, pero mi madre nunca me dejó intentarlo. Recuerdo que semanas antes de la tarde de julio que lo cambió todo estaba absorto en el cuarto volumen de Harry Potter.
––Cariño, tienes que cenar algo ––me dijo mi madre mientras colocaba un plato frente a mí, al tiempo que yo metía mis narices en el libro––. En todo el día solo has tomado una fruta y un yogur ––insistió, agitando su mano para alertarme de su existencia––. Hijo. Que te estoy hablando.
Decidí en aquel momento pasar una hoja, con cuidado y parsimonia.
––Cariño, te he dicho que te comas la cena ––repitió, con paciencia.
Decidí colocar el marcapáginas con cuidado, dejar el libro sobre la mesa y con un movimiento que pretendía que mi dedo índice fuera una varita, tan inesperado que hasta a mi madre le hizo dar un respingo, grité:
–– ¡Reducto!
–– ¡Ya está! ¡Se acabó! Hasta que no cenes, no hay libros. Ni revistas. Ni etiquetas de champú. No hay nada que se pueda leer hasta que te la acabes. ¿Me has entendido? ––preguntó, a la vez que agarraba el ejemplar de Harry Potter y la Orden del Fénix.
––Es en las noches de diciembre, cuando el termómetro está a cero, cuando más pensamos en el sol ––dije resignado, parafraseando Los Miserables de Victor Hugo y agarrando la cuchara.
A mi madre la escuché responder, de lejos y mientras subía las escaleras al otro lado de la pared: ––¡No es necesario detenerse en los sueños y olvidarse de vivir!
Me enfurruñé por el hecho de que se le hubiera ocurrido a mi madre y no a mí usar una frase de Harry Potter. Y claro, terminé de cenar para que mi señora madre me dejara seguir alimentándome de verdad.
El caso es que aquella tarde de julio que lo cambió todo noté, como cada día, el reconfortante frescor del aire acondicionado acariciándome la cara cuando entraba en la biblioteca. Cuando abrí los ojos vi que al otro lado de la estancia (muchas mesas allá) había una persona.
“¡No!”, grité en mi interior.
No era normal ver a nadie en la biblioteca de una pequeña población del levante español una tarde de julio. Aquello no me gustó. Me encantaba campar a mis anchas y coger un libro de aquí y otro de allá y ella lo había estropeado todo. Ya no podría hacer de espadachín cuando leía a Alejandro Dumas e interpretar los mejores diálogos del Club de los Poetas Muertos en voz alta (a veces visitaba la sección de guiones).
Mi ancla con la sociedad y todas las personas que habitaban fuera de mi cabeza era mi madre, no me sentía para nada cómodo con aquella chica allí. Vi cómo me miraba un par de veces y no fui capaz de disfrutar de la lectura como había hecho cada día, hasta entonces. Incluso decidí irme antes de la hora que me marcaba mi madre, indignado y frustrado con la situación. ¡Qué descaro! ¡Ir a la biblioteca en julio! Como si una chica así de guapa, rubia y joven no tuviera mejores cosas que hacer.
Al día siguiente, pensé, aquella chica ya no estaría, y podría cantar los versos de Benedetti o gritar horrorizado cada vez que George R. R. Martin asesinara a uno de mis personajes favoritos. Pero tras la caricia del aire acondicionado pude comprobar que mis deseos no se habían hecho realidad. Aquella melena rubia, de hecho, se había sentado en la mesa central de la biblioteca, por lo que me sentara donde me sentara no tenía la posibilidad de estar lejos de ella.
Rendido ante aquella situación, decidí irme al pasillo de narrativa: novela, relatos, cuentos, etc. Mientras mi mente vagaba por los parajes de Lewis Carroll junto a la Reina de corazones, una dulce voz me interrumpió.
––Hola ––dijo.
“Que le corten la cabeza”, pensé antes de subir la mirada. Cuando lo hice, vi una nariz respingona y unos enormes ojos verdes imponentes bajo una rizada cabellera rubia.
––Tú vienes mucho por aquí ¿verdad? ––preguntó poniendo los brazos en jarra.
En aquel momento me imaginaba a mí mismo como una versión algo más simpática de Holden Caulfield, del Guardián entre el Centeno. Si lo pienso hoy, creo que mi perfil era más el de alguien con el espíritu de Sancho Panza y la habilidad social de John Nash (matemático estadounidense que fue premio Nobel e inspiró una biografía no autorizada que se convertiría en película, protagonizada por Russel Crowe). Cuando yo aún no había contestado y seguía con la boca abierta, la joven volvió a la carga.
––Es curioso que alguien de tu edad le gusten tanto los libros. ¿Estás siempre aquí? ¿Solo?
––Algunos caminos lo tienes que recorrer solo ––respondí.
––Eso es de Suzanne Collins, ¿no? Del tercer libro de los Juegos del Hambre.
Aquello me hizo dar un respingo. ¿Cómo era posible que una chica como ella, tan guapa, tan rubia, fuera además un ratón de biblioteca? ¿Cómo podía ser que supiera exactamente de dónde había sacado lo que acababa de decir? Me limité a afirmar con la cabeza. Solo mi madre sabía de dónde sacaba mis frases y casi en su totalidad por repetición mía.
––Es mi trilogía de novelas favorita ––dijo metiendo las manos en los el bolsillo frontal de su falda.
Volví a dar una sacudida con la cabeza. Carraspeé un poco y me dispuse a hablar.
––Ca-cada libro, cada voliumen que aquí hay… no, espera…
––¿Perdona? ––preguntó.
Siempre que trataba decir algo que no estaba almacenado en algún recoveco de mi memoria o improvisaba una frase (por muy simple que fuera), no podía evitar tartamudear. Tal vez fuera esa la razón por la que siempre intentaba encontrar, entre toda la información almacenada en mi cabeza, algún diálogo genial que pudiera responder por mí.
––Cada libro, cada volumen que ves aquí ––repetí elevando el tono y levantándome–– tiene un alma. El alma de la persona que lo escribió y de aquellos que lo leyeron, vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien baja sus ojos a las páginas, su espíritu crece y se fortalece.
Creí haberla impresionado, pero solo hizo una pedorreta con sus labios.
––Carlos Ruiz Zafón, la Sombra del Viento ––bufó––. Te dejo con tus libros, pero has de saber que ––Hizo unas comillas en el aire–– podrías agitar las estrellas. Podrías hacer cualquier cosa, si solo te atreves. Y en el fondo, tú también lo sabes, y eso es lo que más te asusta. ¿Sabes de qué libro es?
Yo me limité a negar con la cabeza.
––Bueno, espero que nos veamos pronto.
Y tal como había venido, se marchó. Cuando salí a ver si seguía allí no estaba en la mesa de lectura central. Ni en ninguna otra. Decidí irme a casa corriendo y tras saludar a mi madre de una manera fugaz, subí las escaleras y me senté en el ordenador de la salita de estar.
“Enciéndete, enciéndete, enciéndete”. Mi pierna era presa de un temblor incontrolable. Cuando por fin arrancó abrí Google y escribí: “Podrías agitar las estrellas. Podrías hacer cualquier cosa, si solo te atreves”.
No había duda. Esa frase era del libro Trono de Cristal de una tal Sarah J. Maas. Miré en el repositorio on-line de la biblioteca para ver si allí lo tenían. ¡Bingo! Era un serial de muchos libros de fantasía. Al día siguiente fue el primero que agarré. Casualmente todos los libros se encontraban disponibles junto al lugar donde habíamos “pseudo-hablado”. Pero la chica de la falda ya no estaba allí.
Ni al día siguiente. Ni al siguiente.
Llegó un momento en el que no leía del todo bien ya que, de reojo, no paraba de otear la sala buscando aquella presencia de nariz respingona y altos conocimientos literarios. Dos semanas después, cuando estaba a punto de acabar la saga de Sarah J. Maas una voz a mi espalda me interrumpió, lo que me hizo dar un pequeño saltito sobre la silla.
––Cómo no, el chico de la biblioteca ––Era el bibliotecario que yo pensaba que se había jubilado un par de años atrás, pero me alegró verle de vuelta––. Chaval, estoy a favor de que los jóvenes leáis más y veáis menos la televisión, pero es verano. Deberías estar fuera estirando las piernas y disfrutando del sol. Estar con adolescentes como tú.
––Estar solo no tiene nada que ver con cuantas personas hay alrededor ––contesté. Esta vez la frase era de Richard Yates.
––Cuánta profundidad para tener quince años ––dijo negando con la cabeza y sin dejar de andar––. ¡Isabel! ¡Isabel! Ven aquí ––Se dio la vuelta y empezó a hacer como si quisiera darse aire con su mano derecha.
––Dime papá ––dijo aquella dulce voz que me había recitado aquel párrafo del Trono de Cristal.
Sus dorados rizos hicieron presencia entre el bibliotecario y yo. Isabel. ¿Cómo un nombre tan común podía resultar tan nuevo?
––¿Por qué no te llevas al chico a dar una vuelta fuera?
––Pero papá… ––intentó decir.
––Así no estarás sola ––dijo el bibliotecario––. Normalmente vive con su madre pero este verano lo está pasando conmigo. Y la pobre no conoce a nadie. ¿Por qué no le presentas a alguno de tus amigos?
––No tiene más amigos que los que salen en los libros ––dijo ella––. Intenté hablar con él el otro día y no sabía hablar normal. Solo repetía y repetía frases de libros.
––Decidido ––dijo el padre––. Los dos fuera. Chico, me lo agradecerás ––añadió antes de cerrarme el libro.
––¡Eh! ¡Que ni siquiera ha-había puesto el m-marcapáginas! ––grité.
––¡Anda! ¿Has visto Isabel? Sí que sabe hablar.
Con las manos en los bolsillos de mi pantalón corto, salí a regañadientes. Pensé que el sol en mi cara me hacía sentir igual que al Conde Drácula, de Bram Stoker.
––Bueno, ¿y qué hacéis por aquí? ––preguntó la chica. Yo me encogí de hombros y ella puso los ojos en blanco––. ¿No puedes ser normal? ¿Por qué lees tanto? ¿Es que no tienes amigos?
Carraspeé antes de hablar y decidí lanzarme al vacío.
––Puedo sobrevivir por mis medios, siempre que me suministren buen material de lectura.
––Celaena… ––dijo en voz baja––. Así que te has leído el Trono de Cristal, ¿eh?
––Q-quería tener algún te-tema de conversación contigo ––contesté. Era la primera vez desde que alcanzaba mi memoria en la que me dirigía a alguien con un sentimiento sincero expresado con mis propias palabras.
Desde aquel momento nos hicimos inseparables. Paseábamos por el bosque que había a apenas un kilómetro de la biblioteca y nos pasábamos el día hablando de nuestros gustos literarios, de que yo también vivía con mi madre, de que la gente de aquella población era muy rara: ––Aunque tú el que más ––me dijo, sonriendo. En realidad, casi siempre hablaba ella.
También charlábamos sobre el futuro y el instituto y la universidad. Y sobre qué haríamos cuando fuéramos mayores. Cada vez que nos cruzábamos con chicos de nuestra edad, yo me esforzaba por no ser visto. Le expliqué que tenía suficiente con tener que soportar a esos mamotretos durante el curso escolar.
––Yo quiero ser crítica literaria ––dijo elevando el palo que llevaba en la mano––. ¿Te imaginas? Te pagan por leer libros y dar tu opinión sobre ellos.
––Yo no sé qué quiero hacer con mi vida. Me encantaría poder ser protagonista de alguno de mis libros preferidos. Sé que no es posible, no estoy loco. Es solo que la idea de ser otra cosa me pone triste. Y entonces leo.
––El misterio de la vida no es un problema que resolver, sino una realidad a experimentar ––dijo ella.
Yo me reí antes de contestar:
––Duna de Frank Herbert.
––Sabes muchísimo de libros. Tú también deberías ser crítico literario.
––No funcionaría ––reconocí––. A mí m-me gustan todos.
Incluso, ya entrado agosto, me atreví a llevarla a casa de mi madre. No me había imaginado que la visita de una amiga pudiera ponerme tan nervioso.
––¿Qué haces? ¿Estás con alguien ahí arriba? ––me preguntó cuando, por primera vez en su vida, mi madre me vio sirviendo un vaso con Coca-Cola y hielos para otra persona.
––Si no esperas nada de nadie, nunca estarás decepcionado ––dije, acordándome de La campana de cristal de Sylvia Plath.
––No digas tonterías hijo ––contestó––. ¿Entonces estás con alguien? No os he oído entrar.
Decidí ignorar a mi madre y cuando llegué a mi habitación la vi observando los libros de las estanterías.
––Aquí hay algunos de la biblioteca. ¿No los has devuelto?
––Los que van s-sobrando o n-no tienen hu-hueco me los han ido regalando cuando no tienen espacio para más. Pero s-solo los que me gustan.
––Ya, y a ti te gustan todos ––dijo ella. Yo sonreí––. ¿También te gustan todas?
Noté cómo me ruborizaba y la sangre se me subía a los mofletes. Mi mano empezó a temblar y ella comenzó a acercarse hacia mí. ¿Iba a ser ese mi primer beso? ¿Alguien como ella se había fijado en alguien como yo?
––Crees que sabes todas tus posibilidades ––empecé a decir––. Entonces, otras personas llegan a tu vida y de repente hay muchas más.
––El reino de la posibilidad ––dijo ella––. De David Lev…
Antes de que pudiera terminar el nombre del autor me eché hacia adelante y le di, probablemente, el peor beso que he dado en mi vida. Al fin y al cabo, era el primero. Lo bueno es que ella me correspondió. Me dijo que no aceptaba excusas y que al día siguiente debía acompañarla a la playa. Me recitó alguna de cita de algún libro que aún hoy no puedo recordar.
Me sentía como Don Juan Tenorio. Como El eterno y apuesto joven de El retrato de Dorian Gray. Como si fuera la reencarnación de Gatsby, Casanova y James Bond en un mismo cuerpo: el mío. Así que al día siguiente decidí no visitar la biblioteca e ir a la playa con Isabel.
Una vez allí me quedé en la arena, embadurnado de crema para el sol, mientras el resto de chicos hablaban con ella, que no paraba de sonreír.
Dos semanas y ella volvería a la capital. Y yo volvería a estar solo con mis libros. Y a ser la reencarnación de Sancho Panza y John Nash. Su dulce cara, libre de preocupación, me miró sonriendo mientras el sol se reflejaba en sus profundos y eternos ojos verdes.
––Hombre, canijo ––me dijo uno de los adolescentes que intentaba aparentar ser mayor de lo que realmente era––. ¿Dónde te has metido todo el verano? ¿Has estado encerrado con tus libros?
––No os paséis. Es mi amigo ––dijo ella, sentándose a mi lado.
Yo, por defecto adolescente y con mi pasado a cuestas, fijé la mirada en el mar y empecé a leer en mi mente El juego de Ender. En él, el protagonista al principio del libro tenía un arranque violento que en aquel momento quise sentir. Pero no. Yo era otro tipo de personaje.
––Caralibro, quita de aquí ––dijo uno empujándome de la toalla a la arena.
––¡Dejadle! ¡Os he dicho que es mi amigo!
No pude soportar más aquella vergüenza, así que salí corriendo. Ella se iría en solo trece días y a mí me molerían a palos en el instituto cuando acabaran las vacaciones. Me sentí como Meryl Streep en la película de la Decisión de Sophie. Y pude notar la mirada de Isabel clavada en mi nuca. De decepción, seguro. No me cabía ninguna duda. Pero yo la había elegido a ella.
A los treinta minutos yo ya estaba volviendo y llevaba un libro en la mano. Isabel estaba sola, tomando el sol, con los ojos hinchados de llorar mientras los chicos fanfarroneaban solo a unos metros.
––¿A dónde has ido? ¿Te parece normal dejarme sola con esos anormales? No puedes dejar que te amedrenten de esa manera. Tú eres mucho más listo que ellos, más interesante. ¿Por qué te sientes inferior? Dime, ¿por qué me has dejado sola con ellos?
––Ya t-te lo dije: crees que sabes todas tus posibilidades. Entonces, otras personas llegan a tu vida y de repente hay muchas más.
En ese momento me acerqué y alargué el ejemplar del Trono de Cristal que llevaba en la mano a los chicos, que me preguntaron si les estaba tomando el pelo. En ese momento abofeteé con el grueso tomo al chico que siempre pretendió ir de mayor, lo que le hizo balancearse y caer contra la arena. Y después se lo arrojé con violencia a otro de los chicos, que no pudo esquivarlo.
––Pero ¿qué haces?
––Que no me enfrente a vosotros, que no os diga nada nunca, no quiere decir que no me hagáis daño. Solo significa que lo puedo soportar. Pero que la molestéis a ella, mi primer amor, es algo por lo que podría mataros. Porque vosotros, ignorantes, no entendéis lo que es el amor, ni la vida, ni la muerte. Y aunque durmierais con cien mujeres, vivierais cien vidas o sufrierais cien muertes jamás lo entenderíais como yo lo entiendo.
––Vayámonos ––dijo el único que había quedado intacto, levantando a su amigo del suelo––. La rata de biblioteca está loca.
Cuando por fin me senté en la toalla Isabel me sonrió de lado.
––¿Y esa frase de qué libro es?
––Es mía ––contesté mientras los dos mirábamos al horizonte, más allá del mar.
––¿Sabes? Creo que serías un pésimo crítico literario. Pero serías buen escritor.
Desde que me despedí de ella trece días después, no la he vuelto a saber nada de ella. Cada día sigo agradeciendo que aquella biblioteca me pusiera a aquella chica en el camino, porque gracias a ella soy una especie de escritor con un moderado éxito y tres novelas súper ventas.
––Trata de esa chica, ¿no? La que conociste la tarde de julio que lo cambió todo ––me dijo mi madre cuando leyó el borrador de mi primer “Rizos Dorados”. Yo me limité a contestar con una frase de El Ángel mecánico, de Cassandra Clare:
––Hay que tener cuidado con los libros y lo que hay dentro de ellos, ya que las palabras tienen el poder de cambiarnos.
Con el tiempo he empezado a dudar de que aquellos rizos fueran reales. Tal vez Isabel, mi primera amiga, solo habitó en mi mente como todos los anteriores amigos que nunca tuve. Tal vez mi primer amor jamás existiera. Y aun así fue lo más real que me había pasado nunca.
Yo soy escritor, como ella siempre quiso ser. Y ella es la protagonista de un libro. Irónico, ¿no? Conseguí que me publicaran con solo dieciséis años y el texto se convirtió en un éxito rotundo. Eso me dio cierto poder para conseguir que hubiera un ejemplar en cada biblioteca del país con la esperanza de que algún día Isabel lo encontrara. Y quien sabe. Tal vez un día cualquiera de una estación cualquiera podamos empezar a escribir juntos una segunda parte.