Juan pensaba durante, al menos, quince minutos al día, que deseaba ser otra persona.

Cada mañana, frente al espejo y durante tres minutos, se decía que se había echado a perder. Sentía que la vida se había escurrido entre tus dedos y deseaba ser Iñaki, que aún tenía pelo y un cuerpo esbelto.

La mayor parte del día trabajaba en el cubículo de una oficina gris. Al menos su compañero le hacía reír.

Durante la jornada, su pensamiento se enmarañaba unos cinco minutos imaginando una boda imaginaria con la que antaño fuera su mejor amiga. “Con ella sería distinto”, se decía. Si no tuviera compromisos, como Iñaki, no tendría ataduras que le impidieran tomar el camino que anhelaba.

Cuando llegaba a casa, su envejecida mujer le besaba. Después de cenar, veían la televisión, abrazados. Aburrido, miraba por la ventana y veía a Iñaki, con una atractiva joven a su lado. Juan suplicaba, durante unos siete minutos ser Iñaki o cualquier otro, menos él mismo.

Iñaki, por otro lado, cada vez que pasaba frente a la ventana de Juan y le veía abrazado a su mujer, entristecía.

Y pensaba, al menos durante quince minutos al día, que deseaba ser como Juan.