Soledad perruna

Cuando se ausentaba de casa yo iba directo a su cama. Por la ventana entraban rayos de sol que acariciaban mi cuerpo y mis ojos se cerraban durante horas.

Morfeo me abrazaba y yo me dejaba atrapar.

Aquel era mi segundo mejor momento del día. El primero llegaba muchas horas después cuando, tras horas de soledad y con la noche inundando toda la casa, escuchaba la llave girar dentro del cerrojo antes de que se abriera la puerta.

Y entonces yo, al tiempo que movía la cola, daba un ladrido en señal de saludo.